The Wildest of Us: Prólogo

prologo

Una vez, los ecos más viejos del bosque me contaron cómo comenzó la leyenda.

Bajo la luna, ocultándose entre las copas de los árboles, susurraron que la primera vez que el pequeño lobo abrió los ojos fue tan solo un par de minutos después de haber nacido; algo muy inusual aun para una criatura de su inusual naturaleza. Y que lo primero que encontró aquella mirada inocente, fue su propio hocico, gris como la ceniza, yaciendo sobre el helado suelo de la improvisada madriguera.

Distinguió de inmediato el azul nítido y vibrante de las paredes de roca, las cuales tiritaban con diminutos resplandores plateados asemejándose a un manto de estrellas; como si los muros de aquella cueva se hubiesen revestido de un asombroso cielo nocturno para darle la bienvenida al mundo de los mortales.

Pero como la belleza nunca es consuelo para una criatura recién nacida, la frialdad de la caverna le mordió los frágiles huesos. Se revolvió sobre sus cortas patitas e intentó levantarse; la ausencia del calor que había sentido mientras estaba en el vientre de su madre era dolorosa, y la placenta ensangrentada que lo recubría ya se había enfriado largos minutos atrás.

La sombra de la inquietud comenzó a llenarlo de miedo, así que, azotado por el frío y la confusión, el cachorro abrió la garganta, la apretó y dejó salir un gañido lastimero, instintivo y demandante.

Lo único que le contestó fue un gemido en la penumbra; un timbre femenino que él reconoció de inmediato, así que volvió a chillar y giró su cabeza en todas direcciones, tratando de encontrar de nuevo la voz de su madre.

El pequeño, al no escucharla de nuevo, sollozó con una voz tan tierna que un corazón se partió en la oscuridad, junto con el ruido de una lágrima arrebatada de una mejilla.

—Aquí estoy, mi cielo.

Dijo su madre al fin, en medio de los resplandores de la cueva; sus ojos grises miraron a su bebé con ternura, y aunque los débiles atisbos de luz y el cansancio apenas le permitían reconocerlo con claridad, ella sintió un amor tan poderoso que todas las lágrimas que aguantó durante el complejo parto por fin estallaron en sus ojos.

Cuando el hocico del lobo le rozó uno de los muslos, buscando su cercanía, la mujer sonrió, enamorada.

Estiró los debilitados brazos y tomó a su cría, aún unida a la cavidad de su entrepierna gracias al cordón umbilical. Sintió un tirón en el vientre, pero aun así lo acunó en su pecho. Suspiró, pasando sus delgados dedos entre el pelaje grisáceo de su hijo, removiendo con cuidado los restos de la placenta.

Al sentir una ligera corriente soplando desde el exterior, lo envolvió con más celo entre sus desnudas extremidades y se recargó contra la pared rocosa de la estrecha cueva donde había escogido parirlo. Tenía una gruesa piel a su lado para proteger a su bebé y a sí misma del frío, pero prefirió refugiarlo primero en su propio calor materno.

A pesar de todo, la joven mujer sabía muy poco de lobos, pero su instinto le decía que aquellos primeros minutos eran vitales. No solo para el pequeño, sino para ella; para que por fin comprendiera que todo eso estaba sucediendo. Para que entiendera que ese era su hijo, su pequeño, y que nada en este mundo iba a cambiarlo.

De pronto, se sintió devastada. Era consciente de que todos los meses que estuvo cargando a ese pequeño en su vientre, nunca tuvo claro qué sentiría al verlo por primera vez. Incertidumbre era siempre su primera opción, pero en los momentos más bajos… era miedo.

Quiso arrancarse a llorar, avergonzada de sí misma, pero el pequeño cachorro volvió a gemir, ahora con más fuerza. A ella le bastó mirarlo un instante para darse cuenta de que estaba hambriento, así que lo acunó cerca de uno de sus pechos para que pudiese alimentarse.

La mujer sonrió, enternecida al ver a su criatura aferrarse a su seno sin un solo colmillo. La naturaleza comenzó a aullar entre ellos, cerrando un dulce vínculo que ni la distancia o el dolor iban a ser capaces de romper. Jamás.

Después de tantos años, Ivanna sintió que por fin su vida volvía a tener sentido. Que ahora, débil, agotada y sucia en aquella solitaria cueva, era más fuerte que nunca. Porque se había vuelto madre, y la razón más poderosa del mundo para ser valiente yacía entre sus brazos.

Pero aun así, en medio de esa inmensa ternura, sintió frío.

Levantó la barbilla y miró hacia el útero de la cueva, la cual se alargaba varios metros para desembocar a los pies de la mística montaña azul. Ella apretó con cuidado a su pequeño como si un monstruo se cerniera sobre los dos, como una sombra, como una furia, porque a pesar de saber que se encontraba en territorio sagrado e intocable… Fuera de aquellas frías paredes nocturnas tan solo le aguardaba un mundo salvaje y cruel que tarde o temprano tendría que enfrentar.

Un mundo que no tendría piedad contra su bebé, porque en el indómito reino de Runa, donde la tierra es azul como los zafiros y los árboles negros como brazos abismales, no había perdón para las criaturas como su hijo; para aquellos fuegos fatuos que nacían bajo la furiosa luna anaranjada. Ivanna sabía que en esa tierra cubierta de nieve y cenizas, las leyendas eran odiadas, perseguidas y azotadas con puño de hierro.

Y que ese día, ella había parido a la leyenda más grande de todas.


Muchas gracias por leer, ¡espero que te haya gustado! Recuerda que es un borrador inicial, por ende, la publicación final puede diferir de ésta. No olvides dejar tu comentario y compartir los inicios de esta historia; también, te dejo el link de goodreads para que la agregues a tu estantería. Toma en cuenta que este libro ya cuenta con pre-registro oficial. ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! ¡Y bienvenidos de nuevo a mi fogata!

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